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Este artículo fue publicado originalmente en el número de Noviembre-Diciembre 2007 del periódico Defensor de los Niños, publicado por Action Alliance for Children. Temas candentesCómo arribar a “tú ganas—yo gano”Las técnicas de comunicación no violenta ayudan a los niños—y adultos—a resolver conflictos de forma satisfactoria para todosPor Eve PearlmanTraducción al castellano: Lucrecia MirandaYo era una madre que odiaba mis habilidades parentales”, dice Cindy Santa Cruz Reed. Luego descubrió “Proyecto No-Violencia en la Vida de los Niños” (ver Para aprender más). En los talleres del proyecto y los programas de formación, dice Reed, “lo que aprendí me hizo sentir que podía hacer cosas como madre sobre las que podía sentirme bien”. Ahora Reed trabaja a tiempo parcial para el programa de protección infantil del condado de Nevada y, también a tiempo parcial, en un programa para mamás adolescentes y sus bebés. En ambos cometidos enseña técnicas de “comunicación no violenta”: Observar, escuchar, hablar y buscar soluciones de forma conjunta. “Escuchar de forma activa es una parte muy importante de esto”, dice Reed, “pero ello (implica) tenerlo todo en cuenta, desde las palabras que usas hasta de dónde provienen”. El conflicto como oportunidadCuando trabajaba en el preescolar Ready Springs y los niños se peleaban por un juguete, por ejemplo, “en lugar de mirarlo como: ‘¡Oh no, un problema!’, lo veíamos como una oportunidad para crecer”, dice Reed. El proceso de resolución de conflictos empieza por tranquilizar a los niños para que puedan hablar, dice Sharon Davidsson, antigua directora del preescolar Stepping Stones en la ciudad de Nevada. Cada niño describe cómo él o ella ve el problema y la maestra, cuidadosamente, lo repite. “Lo que sucede entonces es que el problema pasa a ser causa compartida, y ahora están trabajando juntos para resolverlo”, dice Davidsson (ver Resolución pacífica de problemas). Es importante darse cuenta de que la solución de los niños podría no parecer lógica a los adultos. Davidsson recuerda dos niñas pequeñas que discutían por un tazón y juntas decidieron poner el tazón arriba de un árbol por el resto de la tarde. “Lo coloqué en el árbol”, dice Davidsson, “y ellas se pasearon todo el día junto al tazón contentas de verlo [allí]”. Es importante permitirles que propongan sus propias soluciones: “Cuando los niños resuelven un problema juntos empiezan a sentirse competentes y adquieren una actitud del tipo ‘puedo hacerlo’ hacia todos los problemas”. Trasladando las soluciones a casaReed recuerda a una niña de preescolar que solía intentar controlar a sus padres a base de gritar y patalear. Reed empezó hablando a la niña sobre las diferentes formas de hacer saber a sus padres lo que ella quería. Una mañana la mamá le contó que la noche anterior, a la hora de ir a dormir, en lugar de la rabieta habitual su hija se había sentado a la mesa diciendo que el momento de ir a dormir era un problema y que necesitaban trabajar en posibles soluciones. “La pequeña tenía algunas ideas sobre lo que le gustaría hacer y la mamá [a su vez] tenía algunas ideas sobre lo que necesitaba hacer la pequeña. Juntas establecieron [un plan] en el que podían hacer esto primero y después lo otro”, dice Reed, “en un orden que funcionaba para las dos”. De ayuda para la familiaLas dos niñas más pequeñas de Laura Cummins—Destiny ahora de siete años, y Madison, de cuatro— iban al preescolar Ready Springs. “Nuestra familia se había detruido y los niños estaban en cuidado de acogida temporal”, explica Cummins. “Yo crecí en un ambiente de abuso de sustancias en el que me sometían a golpes. Y luego yo acabé haciendo todas las cosas que me atemorizaban cuando era niña”. Los métodos de resolución de problemas que los niños aprendían en el preescolar “llegaron a nuestra familia y nos ayudaron a comunicarnos mejor y a respetarnos unos a otros”, dice Cummins. Recuerda, por ejemplo, una vez en la que Destiny estaba dibujando y Madison cogió sus rotuladores. En lugar de empezar una pelea, Destiny primero escribió en su diario por qué se había enfadado y qué era lo que necesitaba: Un espacio tranquilo donde pudiese dibujar sola. “Yo pude ayudar”, dice Cummins, “animando a Destiny a explicarle a Madison cómo se estaba sintiendo y ayudando a Madison a que se instalara por su cuenta” con papel y rotuladores en algún otro sitio. Por último, añade “les doy la libertad de que me hagan responsable. Si no hago lo que predico, ellos pueden decirme: ‘¡Eh, mamá!”. Ser consciente de los prejuicios personalesPara que el proceso funcione para todos los niños, dice Loretta Jones, directora ejecutiva de Healthy African American Families (Familias Afroamericanas Saludables) con base en Los Ángeles, los adultos necesitan ser conscientes de sus propios prejuicios y expectativas. “Además de escuchar, todos tenemos que sentarnos y determinar cómo nos sentimos en el conflicto, incluso los maestros”, dice Jones. Ser conscientes de los prejuicios de la cultura dominante puede ayudar a los maestros a evitarlos. Por ejemplo, “el prejuicio es que los niños afroamericanos—particularmente los niños de sexo masculino—son agresivos”, apunta Jones. Jones refiere a la autora Joy De-Gruy Leary: “Si el niño blanco está correteando y hablando con todo el mundo mientras su madre está esperando en la cola del banco, es simpático. Pero si lo hace el niño negro, es que es incontrolable”. “Los maestros necesitan escuchar con cuidado todas las versiones de la historia”, añade, “y encontrar el ‘tú ganas-yo gano’ para cada niño
Resolución pacífica de problemasLos siguientes pasos provienen de “Proyecto No-Violencia en la Vida de los Niños” (imagine una típica disputa de patio de recreo de preescolar por un columpio o un triciclo): 1. Calme a los niños. Reconozca lo que sienten sin juzgarlos: Lo que sienten es un hecho, y no hay que hacerles sentirse avergonzados o culpables por ello. 2. Cuando se hayan calmado, vea si pueden expresar lo que sienten: “Me siento triste cuando tironeas del columpio”. 3. Pregunte a los niños cuál es el problema: “¡Yo llegué primero!”. “¡Quiero estar al lado de Sam!”. A veces lleva un rato llegar al fondo de la cuestión. 4. Pídale a los niños que expresen lo que quieren o necesitan. 5. Repita el problema claramente y sin emitir juicio. Pregúntele a los niños: “¿Qué podemos hacer?”. “¿Tienen alguna idea?”. 6. Anime a los niños a que hablen entre ellos, hagan sugerencias y propongan algo que estén de acuerdo en intentar: “Haremos turnos de cinco minutos cada uno”. 7. Reflexione sobre ello más tarde con los niños: ¿Funcionó? Si no funcionó, ¿por qué no?
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